La Escuelita

Disfrutando un vino en un restaurante.

La mayoría de los mendocinos aprendemos a tomar vinos mucho antes de aprender a manejar un auto. Desde esa temprana edad comenzamos a adquirir “mañas” en cuanto a cómo nos deben servir un vino en un restaurante. A medida que uno crece se vuelve más y más “mañoso” y exigente, el vino pasa a ser un complemento importante de cualquier comida. Por esta razón nos gusta que nos ayuden a disfrutarlo.

Cuando pido un vino en un restaurante no existe nada tan importante como que este cuente con copas adecuadas. No pido que sean copas de cristal porque sería un gasto demasiado alto, sino que pido buenas copas para vinos tintos y blancos. Copas “generosas”, con un tamaño adecuado para contener una buena cantidad de líquido, de buen pedestal, bien lavadas y relucientes. Generalmente ocurre que nos traen unas copas diminutas que hacen que no podamos servirnos correctamente, que no podamos apreciar los aromas del vino y que nuestra mano transmita calor al líquido.

Otro problema que generalmente ocurre con las copas es que si pido una segunda botella de vino tinto distinto a la primera, me gusta que me cambien las copas. Esto no se hace casi nunca, incluso veo casos donde los mozos sirven y mezclan los dos vinos en copas que todavía contienen vino de la primer botella. Hasta en los casos donde se trate del mismo vino y de la misma cosecha, el mozo no debería suponer que quiero tomar en la misma copa.

Antes me impresionaba todo el ritual o ceremonia que se hace a la hora de abrir un vino y hoy por momentos me resulta ridículo. Por ejemplo cuando usan decantadores para cualquier vino, cuando sólo algunos lo requieren. O cuando se hacen todos esos ademanes exagerados y se usan demasiados adjetivos para describir un vino que ya tengo pensado tomar.

Otras de las cosas que muchas veces me pregunto es qué tiene de malo que la botella esté en la mesa. Mi madre me respondería rápidamente que una cuestión de mal gusto y que molesta a la vista. En mi opinión es que es mucho más molesto no poder tener la botella a mano para servirnos cuando queramos, además de que una linda botella siempre es un buen adorno para cualquier mesa. Personalmente prefiero ser el encargado de esa tarea, no hay nada más reconfortante que ser el responsable que todos beban bien. La mesita a unos metros de distancia en un restaurante repleto de gente puede ser un martirio, incluso para el mejor de los equipos de mozos.

Otra cosa que no es agradable es que muchas veces los mozos intentan imponer una botella, ya que seguramente tienen un stock demasiado alto de este vino o tienen algún convenio comercial con la bodega.

Por último considero muy importante que el dueño del restaurante tome consciencia de los importantes ingresos que pueden lograrse vendiendo vinos y que tenga una persona encargada de recomendar los vinos. Es importante que esta persona entienda de vinos, que este al tanto de las novedades, de las características de cada vino, de su historia. Cuando uno pide un vino que sabe que la familia que lo elabora tiene más de 100 años de tradición en la industria siente un placer adicional. No es lo mismo tomar un vino como si fuera una bebida más, que tomar una botella que tiene toda una historia para contarnos y que tiene un montón de cosas que transmitirnos.